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Escribiendo sin palabras
Escribiendo sin palabras
Artículo de Miguel Rico en Mundo Deportivo - 22 de octubre de 2008.

A la primera se quedó, a la segunda se ha ido. Lógico. Ricard era tan y tan bueno, que parecía no ser de este mundo. Y como no lo era, ya está en el otro. Hoy le despedimos sin saber cómo decirle cuanto le vamos a echar en falta. Cuanto le estamos añorando.

Maxenchs, quien desde el FC Barcelona ha sido definido como un gran profesional y una excelente persona, llevaba siete años fuera del club pero no ha habido manera humana de sustituirle, porque no hay recambio para gente como él y, mucho menos, para amigos como Ricard, que no sólo han sentado cátedra en su ámbito profesional sino que, especialmente, han dejado huella por su calidad humana.

Marcados por la bendición de su compañía, estamos viviendo su inmediata ausencia con la impotencia de quien es incapaz de encontrar una palabra de consuelo para los suyos que, hundidos en la abrumadora soledad, tratan de seguir adelante entre abrazos, sollozos, lágrimas y un aluvión de elogios que mereció en vida y que algunos sólo han sabido encontrar en su muerte.

Joan Laporta, que se bajó del avión que llevaba al Barça a Basilea para acudir a la capilla ardiente de ese barcelonista ejemplar, demostró con el gesto un grado de sensibilidad conmovedor. La pena es que no lo tuviera también, nada más tomar posesión de su cargo, cuando la directiva que él presidía tomó la temeraria decisión de cesar a Ricard Maxenchs.

Un arrebato, aquel, más propio de la depuración que del lógico cambio de modelo. Un inmenso error que el FC Barcelona ha pagado durante años y que seguirá pagando porque Ricard, como el Barça, es, era, único. No habrá otro como él. Ni aquí ni en la MLS.

No es momento, sin embargo, de dejarse llevar por la bilis del rencor y del reproche. Entre otras cosas porque quien tenía que perdonar ya perdonó y porque el propio Ricard, con esa admirable discreción con la que vivió y murió, ya nos había advertido, más de una vez, que toda aquella historia era un punto y aparte. Un paso más en el caminar de quien se ha ido tratando de hacer más fácil la vida a los demás. Un periodista fuera de serie que siempre procuró que sus compañeros, nosotros, disfrutáramos de un oficio maravilloso.

Pero, claro, en el oficio -¿quién dijo maravilloso?- llegan días como hoy en los que es imposible disfrutar de la profesión. Tan imposible como escribir sin palabras. Tan imposible como entender que, esta vez, no es que Ricard se haya ido del Barça, de Abertis o de la Caixa. Esta vez, el amigo se ha ido para siempre y eso, ahora mismo, es una puñalada en el corazón de todos cuantos le querremos siempre.

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